Cambiando de escenario, nos vamos al maravilloso, esplendoroso, magnífico y pagado por los contribuyentes salón de Rajoy, una copia de un salón decorado por Anita Botelladerrón, donde esperaba un tipo que, la verdad, desentonaba con las cortinas rosas. Era un tipo este uno muy… en una palabra, Ghañán de pura raza. Llevaba una camisa estampada… con manchas de aceite e “hilillos de plastilina”, un perfume llamado “Eau de Prestige”, con unos efluvios del fondo del mar que tiraban p´atrás. La verdad, sería muy interesante explicaros la cantidad y diferentes formas en que aquel hombre estaba sucio, pero esto es un fanfic, y no un informe de sanidad pública. Bajo la capa de roña, el hombre se movió hacia uno de los candelabros, para… “cogerlo” sin permiso. Pero ante tal olor, el metal del candelabro de reblandeció. Y como el tipejo era bastante ghañán, lo agarró con sus manazas sucias, y… candelabro a la mierda, vamos. Pasó un criado, y el tipejo, candelabro en mano, trató de esconderlo… pero como no pudo, el criado lo vio, desmayado desde el suelo por el tufo, así que no le dijo nada, y se dedicó a morirse un poco, contaminado. El Rajoy bajó las escaleras, mascarilla en boca, por lo que se le entendía menos de lo habitual.
— ¡Señor Martillo! —tratando de ser cordial… lo que era no pegarle una patada pa tirarlo fuera de su casa. — ¡Qué desgr…alegría verle!
—Aquí lle traigho lo que pidió— dijo, abriendo un saco roñoso que mejor no ponemos de dónde sacó. Sólo decir, que apestaba mucho más que él mismo. Del roñoso saco, sacó un cacho de metal que, si lo mirabas mucho, hasta parecía algo así como una espada… o un cucharón. Tenía bastante óxido encima, la verdad. Le dio un patadón mulero al saco, que fue a quedar justo en la cara del criado medio muerto, después de golpear al Gobernador en la cara.
—Oh, ah… Bien, supongo —balbuceó el gobernador, mareado y medio, con la cara verde y la lengua de color indefinido.
—La encontré en el vertedero, cuando buscaba cepillos de dientes pal maestro —(hizo una reverencia, como si el “maestro” fuese un carismático líder sectario) —Mi maestro (otra reverencia) Braun le envía esto, de lo mejorcito que hay por aquí.
Recogió del suelo, del cadáver del criado, el saco; y de allí, algo de color rojo, muy sucio, con cuatro pelitos negros en una punta. Cabría señalar ahora, para quien no lo recuerde, que la gran empresa Braun (reverencia) es esa que os hace los cepillos de dientes, mirad en vuestro baño. Pero no recordéis, al cepillaros, cómo empezó esa empresa.
El Gobernador Rajoy puso, si es posible, una cara más asquerosa de lo que tiene… digoo, una cara de asco mayor que la de después del saco.
—Deja esa co… ese “regalito” sobre la mesa.
—Traigha p´acá l´aspada —dijo el Guille Martillo, matando con su aliento a nuestra querida mosca. — ¡Le viá nseñá como matamo a lo gorrino en mi pueblo! No mucho ma ancha d´un lao que delotro, así ta bien, y —agarrando la “espada” con sus patazas —d´un golpe matas al gorrino.
Tiró la “espada” al techo, clavando más de la mitad en la escayola de los contribuyentes, y que pagarían también el arreglo. Ambos hombres se quedaron mirando. Rajoy tenía una sonrisa en la boca… así podría coger fondos para “arreglarlo”. Lizzie le había pedido un collar del perlas para su perrita “Fluflú” A ver si adivináis cuál de los dos tenía más cara de idiota, cuando la mitad del techo se les vino encima, por tirar de ella. El Guille pesa mucho, y no debería ir colgándose de las lámparas ajenas por ahí.
—Ajá, impresionante, muy impresionante. El Comodón quedará muy impresionado con esto” —Si se despierta, claro. —Transmitid mis felicitaciones a vuestro maestro.
—Claro, un chatarrero siempre agradece que se valore su trabajo. Él me ha enseñado todo lo que sé de ijiene — (la falta de ortografía es una muestra tipográfica de cómo hablaba el tipejo asqueroso este).
De repente, ¡¡plof!!, apareció una cegadora bruma rosa, que salía de una luz rosa. Un enorme foco rosa iluminó la escalera porque… bajaba Lizzie. El Gobernador Rajoy se giró para mirarla. Guille Martillo también, babeando un poquito… Le gustaba Lizzie, pero también su padre.
—Oh, Lizzie… Estás AB-SO-LU-TA-MENTE deslumbrante —dijo su papi.
En el mundo real, cualquiera de nosotras, mujeres criticonas y envidiosas que somos, habríamos dicho TODAS que la Lizzie esa iba pintada como una pu… puerta, y vestida como una pu… una pu… ¡una puerta! Y andaba de forma rara, por la cera. Eso se lo perdonamos, porque duele.
—Jo, el Superguille, qué fuerte, te lo juro, ahora te veo hasta en mis fashionsueños! Es una pasada.
—¿¡¿En sueños?!? —gritó Guille, ilusionado —¿Qué tipo de sueños?
—Lizzie, ¿crees que es correcto decir…? —intervino Rajoy. Este hombre siempre habla, y no dice nada. Es increíble.
—El día en que te golpeé con un palo, ¿recuerdas? Fue superasqueroso, osea, para morirse.
—Cómo olvidarlo, sita Rajoy.
—Jo, tío qué pelmazo. ¡Te he dicho que me llames Lizzie! O Lizzie Superguay, osea, ¿no?
A pesar de lo extraño que pueda parecer… Lizzie sentía una extraña atracción por el hombre que vivía bajo la gruesa capa de roña. Dicen que los polos opuestos son opuestos.
—Es que, mirusté, es mu pijo pa mí.
—Eso es, ¿lo ves? —se metió el Gobernador —El chico tiene sentido de la propiedad, hija MÍA. Ahora teneMOS que irnos.
Salieron al carruaje, que tenía un cierto parecido al carruaje de Cenicienta… elevado a la n-ésima potencia, claro. ¡No iba a ser la Cenicienta esa más que Lizzie! ¿Qué se ha creído? Parece increíble cómo en un lugar en que hacía ya ocho años había máquinas de reanimación, no habían inventado el motor de coche, ni las limusinas. Lizzie iba superenfadada, en parte por lo de Guille, y en parte porque había oído que la Bella Durmiente tenía carroza nueva, y la suya tenía ya una semana de antigüedad.
—Adiós, señor Martillo —se despidió.
—Adiós, Lizzie —susurró Guille… Bueno, para él susurrar es para nosotros el tono de voz normal, así que todo dios le escuchó y se rió a su espalda. Le dio una arcada tras pronunciarlo… algo tan pijo en su boca, no podía tener otro resultado.





Te ha pasado?. 5