—Lizzie, ocúpate del chico. Estará a tu cargo.
Amargas lágrimas recorrieron las sonrosadas mejillas de princesa de labios de fresa. Enfrentándose a sus miedos, temiendo que la gente se enterase de que había estado al lado de alguien cuya ropa estaba pasada de moda, y que además era un niño sacado del mar… ¡DIOS SANTO, UN NIÑO Y SIN ESTILO! ¡Tendría que estar ciego por lo menos! Y dijo:
—AAAAAAAAAAAAJJJJJJJJJJJJ, pero papi, qué asco, y… y si… ¿Y si me pasa su mal gusto? ¡Qué será de mí! —Lizzie sonrió al ver el gesto de su padre —Pero por unos zapatos nuevos lo hago, ¿ok? Pero esos con brillantes en la punta, de 2000 € el zapato.
El gobernador Rajoy, viendo que podía cargar eso a las cuentas nacionales de Puerto Levadura como gastos por rescate marítimo, asintió. Además, estaba seguro de que volvería a ganar…
—Si eres buena, el bolso a juego.
Lizzie, contenta por su victoria, se acercó al criajo con cara de… de Jack Sparrow (osea, de superasco) Acercó la mano lentamente, para tocar al chico. Vio que un bicho (otro +) salía de su chaqueta, y la apartó. Durante diez minutos estuvo así, ella acercando la mano y diversos bicharracos saliendo de entre las ropas: un erizo de mar, un besugo, una sirena, el pez payaso llamado Nemo, “hilillos de plastilina”, como los llamó su padre más tarde, etc. Hasta que Lizzie, harta, con un montón de “basura del mar” a sus pies, cogió un palo (con su pañuelo de Armani, claro, el más barato. No iba a tocar “aquello” con el más caro, y un Kleenex tampoco lo iba a coger). Acercó el palo, temerosa, al rostro del chico. El chaval se movió, asustado, ella se asustó, el besugo se asustó también, Nemo saltó por la borda, etc. Lizzie se apartó cien metros, alargando el palo con todo lo que encontraba, y desde una “distancia prudencial”, desde la que la gente del trasatlántico no sabría que estaban juntos, le dio unos cuantos golpes al chaval. El chico se despertó, asustado, agarrando el palo cuando oscilaba sobre su cara. Miró el palo, acojonaíto. Lizzie cogió unos prismáticos, los de la ópera, para ver al chaval, y puso cara de asco y emitió un gritito superridículo, vamos, lo menos fashion en gritos, por lo que se avergonzó. A gritos (Pero bajito, que gritar es ser de monte) de dijo:
—AAAJ, no me toques; vienes del mar, y allí, osea, como que cagan y mean los peces.
Nemo y el besugo, que todavía andaban por allí, se ofendieron. Ellos eran unos peces muy limpios, y utilizaban los Wc públicos de las anémonas.
—Yo soy Lizzie, la superguay del paraguay —se rió de forma estúpida y canturreó —y no cago porque me da asco, osea, no.
El chaval, que era un poquito más ligeramente normal que ella (de pueblo, vamos) se asustó ante tal aparición. Aquella máscara que hablaba (el maquillaje de Lizzie) era horrible. Aún más acojonao, balbuceó con acento vasco:
—Guille… Martillo.
—Me han mandado cuidar de ti, pero NI SE TE OCURRA TOCARME. Tú si te mueres avisa, pero sólo si te mueres mucho, ¿vale?
Guille, ante tal demostración de asco, se quedó asqueado y se desmayó.
Lizzie, a través de los prismáticos, vio algo brillar sobre el niño, a la luz del arcoiris. A su cerebr… a su… a lo que tuviera en la cabeza vino (y no sabemos cómo ha sido) la idea de que quizá en tiempos remotos a lo mejor había algún antepasado lejano y familiar remoto que fuese rico. Con esa idea, su asco disminuyó algo así como mu poco. Pero acercó el palo hacia el brillo. Como quizá alguien se lo cogía antes que ella, tuvo que acercarse. Y se lo quitó. No, querido lector, no tocó al chaval ni por codicia: recogió otro palo. Con mucho cuidado y delicadeza sacó… una pluma.
—Es un… afeminado —dijo, asustada. Había perdido toda su fascinación por ellos, al ver que iban tan sucios y pasados de moda. Fijándose con codicia en la pluma, vio que podía quedarle bien con el bolso y los zapatos nuevos que se estaba ganando con el sud… que se estaba ganando y punto. Piggs se acercó, asustando otra vez a Lizzie.
—Niña. El capitán parece que ha balbuceado que si ha dicho algo el niño. O eso, o ha sido una nueva nota de sus ronquidos.
Lizzie escondió la pluma, temerosa de que se la descubrieran… y robaran su tesssssssoro más superfashion de la muerte.
—Que se llama Guille Martillo. Es lo único que ha dicho. Qué aburrido es.
Piggs notó que la pequeña princesa de labios de fresa escondía algo.
Se movió hacia la derecha, para mirar.
Lizzie se movió hacia la derecha, como su padre hacía todo el tiempo.
Piggs se movió hacia la izquierda.
Ella también.
Piggs se movió más hacia la derecha.
Lizzie…
Bueno, id a por coca-cola y palomitas, que se tiran así más de diez minutos. Y nuestra pregunta es, ¿qué trabajo hace Piggs en el barco? Porque nosotras no le hemos visto hacer na productivo. Bueno, dejaron de hacer el idiota cuando el Capitán, en un sobrehumano esfuerzo de su garganta seca, aguantando el dolor y las agujetas de su lengua que lo martirizaban, se atrevió a hablar, a riesgo de perder la voz.
—Llevadle abajo, estoy muy ocupado.
Cerró los ojos, agotado, pero con fuerzas suficientes para… retomar su sonata en ronc mayor, en el cuarto movimiento ya. Lizzie se asomó a la borda, mientras los demás se iban a beber (Piggs) a dormir, o como Rajoy, a dar un discurso y dormir a su público. La niña vestida de rosa y sus ojos no podían creer lo que estaba ante ella: la Perla Arcoiris, bajo su arco homónimo se alejaba, mientras en su cubierta la gente disfrutaba alegremente de un sarao, con el tema “macho men” de fondo.
Nota: la idea es publicar dos veces por semana. No ha sido así porque estoy de exámenes, pero espero poder mantener el ritmo de dos veces a la semana en el futuro.




