EL PRINCIPIO…
Vale, es un comienzo poco alentador, pero sigue leyendo, que la cosa mejora.
Bajo un cielo azulísimo con nubes blancas como el algodón, todo lleno de colores pastel y música ridícula… el decorado de un anuncio de compresas, vamos. Calentaba un sol grande y rojo… pero poquito, que el sol era una bombilla de pocos vatios. No recuerdo la marca que anunciaban. Bueno, estábamos en un entretenido lugar en el que había mucha agua (el mar), al fondo apareció un punto, que se aproxima poco a poco… era una mosca que se había perdido, y andaba buscando la dirección a Madrid, para ir a molestar a la boda del Príncipe. Mirando un poco más a la derecha, pudimos ver un gran barco de lujo… bueno, como estaba muy cerca, sólo vimos un cacho de popa. Encima, una niña de tirabuzones rubios con lacitos rosa, vestida de rosa, con una muñeca llamada Rosa, una princesa de labios de fresa, cantaba una canción (bastante mal, por cierto):
—Había una vez
un barquito chiquitito,
había una vez
un barquito chiquitito,
que no podía, que no podía,
que no podía navegar…
Detrás de ella, una sombra amenazante se acercó y la agarró del hombro. La niña se apartó, con cara de asco:
—Calla niña, party-barcos navegan por aquí, ¿no querrás que nos monten un sarao?
Detrás de ellos, un hombre joven que aspiraba a grandes cosas durmiendo la siesta en su tumbona. No, no nos hemos olvidado de escribir la coma, aspiraba a grandes cosas EN su tumbona: dormir, tomar el sol, dormir, contar motas de polvo, dormir… (lo cual ya era mucho para él (¿no odiáis las historias en que no hacen más que poner paréntesis para hacer los chistes?:) ) ) se escandalizó al oír aquello (pero poquito, que eso gasta las neuronas)
—Señor Piggs, suficiente. —le recriminó, antes de tomar un sorbo de su cóctel de plátano con sombrillitas de colores, con una pajita enorme que le quedaba justo sobre la cara. No se nos podía herniar el chico, que todavía falta mucha peli.
—Estaba cantando una canción de mariquitas. Es de mal fario cantar una canción de mariquitas bajo este arcoiris tan colorido, tened en cuenta mis palabras. —dijo horrorizado, pensando en los horribles saraos de los que “había oído hablar”. Piggs estaba verdaderamente convencido de su heterosexualidad… (ya. Seguro)
—Depende del curro que me lleve. Haz algo, que me tapas el sol, vago.
—Sí, señor. —Piggs se marchó murmurando —También es de mal fario llevar una pija a bordo, aunque sea sin pecas.
La pequeña Lizzie se acercó al hombre, el Capitán Pikolín, en menos de cinco segundos, o si no se le dormiría antes de poder hablarle.
—Creo que sería muy emocionante conocer a un afeminado.
—Bah, piénsalo mejor. —el capitán paró unos… treinta minutos, para coger aliento —La mayoría gasta su oro en potingues extraños, como esos… —otra vez paró treinta minutos —desodorantes, huelen rraro rrarro rrarrro y —paró, totalmente agotado y medio asfixiado por el esfuerzo, para una hora después terminar, aunque Lizzie se hubiera dormido en la barandilla —pestañean mucho. —Lizzie despertó —Todo hombre con pluma o navega en un barco emplumado o tiene lo que se merece: un armario grande y una puerta cerrada. —un marinero se acercó, con una bombona de oxígeno y los rollos esos que se usan para reanimar a los que tiene un ataque al corazón, que no nos acordamos de su nombre… ah, sí, pinzas de batería de coche.
Lizzie se asustó, y miró a Piggs, que se había acercado para ver si su “amado” capitán ya se había achicharrado o no. Sin embargo, al escuchar aquello, imitó el sonido de un armario poco engrasado al cerrarse. El Gobernador Rajoy, orgulloso padre de Lizzie, se acercó.
—Capitán Pikolín, le agradezco su vagancia en este tema, me preocupa la influencia que pueda tener sobre mi hija.
—Mu bien, pero apártese, que me quita el sol. —protestó medio dormido el capitán.
—A mí me parece un tema, osea… como superfascinante, ¿no? —dijo Lizzie, superemocionada.
—Eso es justo lo que me preocupa. —sentenció el Gobernador Rajoy, marchándose.
Lizzie, frustrada… aunque esa palabra no entra en su pequeño vocabulario, ella diría: “Joooooooooooooooo, qué superpena, ¿no?”, se asomó por la barandilla. Pikolín acabó de dormirse, comenzando su mayor actividad diaria: roncar. La pequeña pija vestida de rosa observó algo extraño en el agua, poniendo cara de asco.
—¡Hay algo en el agua! Aj, es un niño. ¡Jolines, qué mal vestido va! ¿No sabe que este año no se lleva el marrón tierra?
El capitán, molesto por haber sido interrumpido cuando interpretaba su “serenata para nariz congestionada”, en ronc mayor, en su segundo movimiento, trató de mover un poco el cuello para protestar, pero al segundo milímetro se cansó. Sin embargo, llegó a vislumbrar entre sus legañas de hace ocho años lo que había (o eso dijo después) .Haciendo un esfuerzo sobrehumano y sin precedentes en la historia, dio una última orden en su tono de me acabo de levantar (el de siempre):
— ¡Hombre derivando! Que alguien haga algo.
Sorbió su zumo para suavizar su agotada garganta (había triplicado su récord de número de palabras por día, y ya estaba medio afónico) Los marineros subieron al niño al barco, mientras Pikolín recomenzaba el segundo movimiento donde lo había dejao, en un rocnrcronc sostenido. Piggs observa a su capitán, cansado. Mira el reloj, impaciente… mira al capitán, al niño, a un bicho que pasaba por ahí… Esperó a que el capitán dijese su frase… volvió a mirar el reloj, mientras una araña tejía su tela entre sus piernas… (Cuánto bicho hay ahí para ser el medio del mar, ¿que no?) Y cuando la araña comenzaba la tercera reforma de su tela, ya convertida en un gran chalé arañil con piscina y garaje subterráneo para dos coches, Piggs habló:
—Bueno, ya está bien, lo digo yo y punto: aún respira. —y pensó —Dentro de poco hasta vamos a tener que roncar por él…Y pensar que quieren ascenderlo…
Piggs se asomó a la barandilla, y vio algo que le horrorizó.
—A ver quién limpia todo eso.
La tripulación deja al niño mangao en el suelo, medio ahogado, pa mirar aquello; un barco después de un sarao. Copas con sombrillas de colorines por todas partes, confetti, serpentinas, camisas hawaianas… todo medio hundido, ardiendo. Un horror para la vista. Pikolín, tras terminar su gran concierto, decidió hacer otro esfuerzo que pondría a prueba su resistencia, y por el que realmente se merecía una medalla: poco a poco, se levantó, con gran esfuerzo. Se sentó en la hamaca. Pero no sólo eso, querido lector, sino que hizo algo realmente asombroso e increíble… Se levantó. E hizo algo que nunca habría hecho en condiciones normales…
¡¡¡¡¡Dio un paso!!!!
—¿Qué habrá ocurrido? —preguntó compungido el Gobernador Rajoy, con cara de “no sé nada” (siguuro).
Y, llegando al límite de lo jamás intentado, traspasando la frontera de lo que siempre creyó totalmente irrealizable (para un jefe, claro, los currantes eran un mundo aparte) y ante la sorpresa general… Habló. (Recordemos que no sólo estaba despierto, sino que, por primera vez en los últimos años, se había levantado ÉL SOLO [a nosotras nos parece increíble]).
—Habrá explotado la Santa Bárbara.
Y todos se dieron la vuelta, para mirarlo asombrados y expresar lo que sentían ante aquello al mismo tiempo:
—Oooooooohhhh…
— ¡Que alguien me traiga más zumo! Y que alguien me tumbe, estoy agotado. Era un barco realmente aburrido.
—Pues no les ha servido de mucho. —contestó Piggs.
Pikolín lo miró y pestañeó, mientras lo acercaban en brazos a su querida hamaca, con la que mantenía una relación muy… afectuosa. Ese pestañeo fue mucho para él, y se desmayó antes de que Piggs pudiese disculparse.
—Es lo que todos piensan, yo me limito a decirlo. Maricas —Piggs se alejó, para tocar madera. Más bien aporrear, el chaval era un poco basto.
—No hay ninguna prueba de eso —cortó del gobernador Rajoy, cuyas fuentes de información eran muy fiables y confidenciales. —Encontrarían una cinta del Fary.
Mientras tanto, habían reanimado al Capitán, alimentándole por vía intravenosa (Cacho adelantos había en la época, ¿no?) El hombre, totalmente extenuado y medio comatoso, dijo con un tono de sonámbulo perdío:
—Despertad al que mande, es hora de MI siesta.
Una persona totalmente anónima, (bueno, técnicamente sí que tenía nombre: figurante número 3) que no volverá a aparecer en la historia porque actúa fatal y cobra mucho dijo:
—Sí, sí.
¿Y para decir “eso” le pagan? ¡Lo habríamos hecho nosotras gratis! Y colarnos de paso en el camerino de Orl… esto, nos estamos desviando del tema, jejeje. Nosotras somos unas profesionales, que nos dedicaríamos a nuestro trabajo, el de mover la lengua con Orl… sigamos con la historia.
A lo que íbamos, Pikolín contestó. Aunque parezca tonto, tiene un máster en dormilonería y probación de camas.
—Traedme un colchón “Lo mónaco” y una almohada de plumas flex…— (ibles, pero no terminó de decirlo. De todos es sabido que todas las palabras que contienen “Flex” provocan un profundo y placentero sueño.) Por cierto, prohibido insertar publicidad en nuestra obra.
El Pikolín cayó al suelo como un ladrillo (claro, los colchones de la competencia son como ladrillos al lado de los Flex). Lizzie vio que sus temores más profundos se iban a hacer realidad… Su padre, con su barba blanca y gesto de “época de campaña electoral” se acercaba con paso lento, típico de los gobiernos de derechas. Cuando a la tierna edad de ocho años, tus temores más profundos se presentan ante ti de forma tan dura, tu subconsciente se resiente… pero como el subconsciente de Lizzie no iba más allá de lo que le decían las revistas de moda que debía pensar, no temeremos por ella demasiado. Rajoy dijo las terribles palabras que, pese a todo, la marcarían para toda su vida: